A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO

Por: P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R.

“Yo no creo en tu Dios -le dijo, cierto día, una  señorita a su madre, cuando ésta la invitaba para que vayan a la Iglesia- ¿No ves que tu Dios no me ayuda a salir de mis problemas?”. Esta jovencita, que sufría de depresión, durante un buen tiempo se dedicó a orar para que Dios le ayude en sus problemas emocionales, pero en vista de que no sentía mejoría empezó a renegar. Para ser sinceros, debemos dejar constancia que ella hacía muy poco para salir del hoyo oscuro en el que se encontraba. No cumplía con las prescripciones del médico, ni tenía ganas de seguir con el tratamiento. Se dedicaba de lleno a la oración, creyendo que Dios, de modo portentoso, la curaría.

Mucha gente tiene una mentalidad providencialista, como esta joven. Conciben a Dios como un ser milagrero, dispuesto a oír nuestras súplicas y a concedernos instantáneamente lo que le pedimos. Es verdad que Dios puede hacer milagros, sin embargo, de ordinario no actúa de esta manera. 

Es cierto que debemos orar con insistencia, pues Jesús mismo lo recomendó (Mt. 6, 9; 7, 7; Lc. 11, 9;18,1; Jn. 16, 26). Pero hay que evitar el peligro de caer en la trampa del fideísmo, que consiste en creer que Dios nos va a solucionar los problemas, ahorrándonos la cuota de sacrificio que nos toca aportar. Dios es Padre, pero no es paternalista. Por ende, no está dispuesto a alimentar nuestra pereza. Él quiere ayudarnos, pero con la condición de que nosotros nos ayudemos. Por eso, es muy importante asimilar la lección del proverbio tan popular: “A Dios rogando y con el mazo dando”.

Permítanme finalizar esta reflexión con la siguiente historia, que expresa muy bien la idea que quiero transmitir:

Cierto día un pueblo empezó a inundarse. La gente, ansiosa, acudió al pastor que estaba en su oficina, y le dijo: “Venga con nosotros, el pueblo se está inundando”. “No se preocupen por mí. Dios me salvará”, respondió el pastor.

En poco tiempo, el agua había crecido demasiado y ya llegaba hasta el techo de la casa. El pastor estaba en la azotea. En eso se acercan dos boteros y le dicen: “Venga con nosotros. Suba al bote”. “Muchas gracias, pero no se preocupen por mí. Dios me va a salvar”, nuevamente les respondió.

En un instante más, el agua creció desmesuradamente y ya le llegaba hasta el cuello. Fue entonces cuando apareció un helicóptero desde donde le descolgaron una soga para que se cogiera y trepara por ella. Pero él se negó definitivamente, creyendo que Dios lo salvaría.

Al final muere ahogado el hombre de fe y cuando llega al cielo le increpa a Dios: “Eres un farsante. ¿Por qué me has hecho esto? Te rogué con todas mis fuerzas para que me salvaras y no has acudido. Ya no creo en tu bondad”.

“Hijo mío -le respondió Dios-, yo sí he atendido a tus súplicas: primero te envié a los habitantes del pueblo, luego me acerqué con el bote, al final te envié un helicóptero, pero tú has rechazado mi ayuda. Lamento mucho que hayas sido tan ingenuo”.

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