Consejo a los jóvenes

Ustedes son de un valor incalculable; los he visto en los países y ciudades en los que he estado; son mucho mejores de lo que éramos nosotros en nuestra juventud; saben más sobre el evangelio de Cristo; son más maduros y más fieles, pero también viven en un mundo lleno de muchas tentaciones y expuesto a millones de peligros que son, sin lugar a dudas artimañas del enemigo.

Por la santa escritura sabemos que hubo una guerra en los cielos, que Satanás se rebeló y que, con sus seguidores, fue “arrojado a la tierra”. Él está resuelto a frustrar el plan de felicidad que tiene Dios y procura controlar la mente y las acciones de todos.

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Hoy en día hay “guerras y rumores de guerras, y toda la tierra está en conmoción”. Ustedes nuestros jóvenes tal vez sientan incertidumbre e inseguridad en la vida. Quiero aconsejarles, enseñarles y advertirles acerca de algunas cosas que se deben hacer y otras que no. El plan del evangelio es el “gran plan de felicidad”. La familia es el centro de ese plan. La familia depende del empleo digno de esos poderes que dan vida y que se encuentran en el cuerpo de ustedes.

El gran castigo que Lucifer y sus seguidores hicieron caer sobre sí mismos fue que se les negara un cuerpo mortal. Muchas de las tentaciones que ustedes enfrentan, ciertamente las más graves, se relacionan con su cuerpo. Ustedes no solo tienen poder para crear cuerpos para una nueva generación, sino que también tienen poder de decisión.

El don del Espíritu Santo, si ustedes lo permiten, los guiará y los protegerá, e incluso corregirá sus acciones. Se trata de una voz espiritual que acude a la mente como una idea o un sentimiento que les llega al corazón. No se espera que vayan por la vida sin cometer errores, pero no cometerán un error grave sin que primeramente reciban una advertencia mediante los susurros del Espíritu. Esa promesa se aplica a todos los miembros de la Iglesia.