EL VALOR DEL SACRIFICIO

P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R.

“Padre, necesito hablar con usted urgente, pues tengo un problema que me está agobiando. ¿Puede atenderme lo más pronto posible?”, me decía un joven cuando conversábamos por el  msn. “Bueno -le respondí-, aunque mañana, por ser domingo, lo tengo muy ocupado. De todos modos haré un espacio en mi agenda. ¿Te parece que nos encontremos a las diez de la mañana?”. “¡No, Padre! -protestó el joven- eso no puede ser, pues nunca me levanto antes de las diez.” “Bueno, si quieres solucionar tus problemas debes aprender a sacrificarte un poco, pues para triunfar en la vida necesitamos grandes dosis de esfuerzo y sacrificio”, le aconsejé.

El joven, atendiendo a mi consejo, al día siguiente llegó puntual a la cita. El contenido de nuestra charla no es materia para la presente reflexión, sólo quiero centrarme en la resistencia que mostró al proponerle levantarse temprano. En nuestro mundo es frecuente encontrar casos como estos, donde la gente no quiere sacrificar su plácida comodidad. Pero a final de cuentas los más perjudicados son ellos mismos porque ese estilo de vida los lleva a la apatía existencial, caracterizada principalmente por el tedio, la falta de ilusiones y esperanzas.  

Es importante comprender que en la vida no todo es fácil. Hay cosas que exigen mucho valor, riesgo y sacrificio. Esto es lo que nos enseñó Jesucristo. Él fue capaz de sacrificar su vida en las aras de la cruz para llegar a la gloria de la resurrección y, así, concedernos la gracia de participar en su vida divina. Este mismo sacrificio es el que los cristianos celebramos en cada eucaristía.

 En este mismo sentido, la naturaleza, que es sumamente sabia, también nos enseña el valor del sacrificio. Consideremos, por ejemplo, el caso de las águilas.

El águila es un animal muy longevo, pues su vida dura aproximadamente 70 años; pero  para que llegue a esa edad es necesario que a los 40 años haga un enorme sacrificio. Cuando llega a esa edad, el pobre animal  ya tiene curvado el pico, las garras, y sus alas ya están desgreñadas. Es aquí donde debe tomar una decisión importante: vivir o morir. Si decide vivir, tiene que subir a la parte más alta de alguna montaña y ahí, en un lugar seguro, golpea su pico contra la roca hasta que logra sacárselo.  Con mucha paciencia espera que le salga un nuevo pico. Ahora, con este nuevo pico  se saca las garras, una por una, y espera hasta que le  nazcan otras nuevas. Estrenando sus nuevas garras y pico, se saca las plumas y así se queda,  a la intemperie esperado que le salgan plumas nuevas. Una vez hecho este proceso de mutación,  el águila tiene vida para otros 30 años más. Pero todo ello se debe gracias al sacrificio al que se ha sometido.

Por eso, queridos amigos, nosotros que tenemos inteligencia asimilemos la lección del águila: aprendamos el valor del sacrificio.

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