HONRAR LA VIDA

En este tiempo de Navidad creo que es una ocasión propicia para reflexionar sobre el valor de la vida, pues desde que el Hijo de Dios se encarnó vive en el corazón de cada ser humano y, por ende, la vida de todo hombre toma un valor incalculable.

Empecemos diciendo que la vida humana es un don muy grande que el Dios de la Vida concede a quien cree conveniente, y cuando le confiere a alguien le confía una misión. Esto quiere decir que confía plenamente en él y cree en él. Esto es hermoso: todo un Dios confiando en su criatura.

Cuando Jesús nació Herodes mandó matar a muchos niños inocentes, cuya festividad celebramos el 28 de diciembre. Éste era un hombre cruel, tirano, que no sabía valorar la vida. ¡Hasta donde llega la soberbia humana de quitar la vida a sus propios hermanos, mucho más a los niños pequeños e indefensos! Muy contrario a este hombre, Jesús vino a enseñarnos a amar y valorar la vida. Él se encarnó para decirnos que somos importantes; vivió apasionadamente su vida para enseñarnos a vivir con intensidad; finalmente murió y resucitó triunfante para manifestar la gloria de Dios y para decirnos que la vida no termina con la muerte, sino que se prolonga en la eternidad y que tiene una dimensión divina.

Por eso es importante aprender a valorar y admirar el milagro de la vida desde su concepción. Los seres humanos, llevados por la soberbia, queremos propasarnos contra las leyes de Dios e implantar la ley la muerte manifestada en el aborto, la eutanasia, y otros métodos que atentan contra la vida: el asesinato, los parricidios, etc. Hasta creamos enfermedades. Pero de todo ello tendremos que dar cuenta al Dios de la vida.

Es bueno tomar conciencia que desde el primer momento de nuestra concepción somos unos campeones, somos dichosos, somos elegidos para una misión grande. Por eso la vida debe ser amada, valorada y honrada desde su concepción hasta la muerte. Por esta razón hay que crear una cultura de paz, de amor, donde se valore y se respete la vida.

La vida no es un estorbo, es un regalo, es una bendición de Dios. Él ama la vida y quiere que nosotros también la amemos. Por eso Madre Teresa de Calcuta decía: “Estoy convencida que los gritos de los niños cuyas vidas han sido truncadas antes de su nacimiento hieren los oídos de Dios”. La vida es don de Dios que debe permanecer, pues lo que es de Dios permanece, lo que no es de Dios se desvanece. Por eso se debe valorar la vida, aún en las circunstancias más difíciles, recordando que todos fuimos semillitas en el vientre de nuestra madre.

Dios es tan bueno y compasivo que ama tanto la vida que no le gusta que nosotros la denigremos. Por eso, al hombre y a la mujer que se arrepienten después de haber cometido el crimen de un aborto le dice: “No temas. Yo te perdono. Toma mi mano, te doy un motivo para volver a empezar. No te desesperes, no te angusties. Confía en mí, en mi amor y mi misericordia. Empieza a valorar la vida”.