La fe da sentido a la existencia humana

Cuenta la historia que en cierta oportunidad una araña muy hacendosa había tejido una tela magnífica. Dicho animal se encontraba muy orgulloso de su obra. Pero cierto día su felicidad se vio empañada porque un fuerte vendaval destruyó con fiereza su más preciado tesoro. En un inicio la araña se deprimió y llorando se decía: “¿Por qué, Dios mío, por qué? Yo que era tan feliz y vivía tan cómoda en mi telar. Ahora ¿qué va a ser mí? ¿Con qué me protegeré?”. Después de llorar, el animal se repuso y se dijo para sus adentros: “¿Qué saco con llorar? Nada, ¿verdad? Así es que voy a poner manos a la obra y tejeré una nueva tela”.

Efectivamente, así lo hizo. La araña se puso a trabajar con paciencia y entusiasmo. Y terminó elaborando una tela mucho más preciosa que la primera. Los hilos de seda brillaban con colores resplandecientes a la puesta del sol. La araña se sentía más orgullosa que nunca.

Una tarde, a la puesta del sol, mientras estaba contemplando la belleza de su tela se dio cuenta de que de la parte de arriba pendía un hilo grueso y negro. La araña pensó: “Qué feo se ve este hilo en comparación con mi nueva tela. En realidad no encaja. Así es que me voy a deshacer de él”. De hecho, así lo hizo. La araña cogió unas tijeras y cortó la hebra de hilo y cuando hizo esto, su hermosa tela se enroscó y la araña, tristemente, terminó siendo prisionera de su propia tela. Y ahí murió en el más completo abandono.

La historia parece ingenua e inocente. Sin embargo, tiene un profundo significado: muchas veces las personas en la vida podemos hacer cosas hermosas, buenas y dignas; pero cuando esas cosas están desconectadas de un centro, esas mismas cosas se pueden convertir en nuestra cárcel, que será la causa de nuestra muerte síquica, espiritual e incluso física. Es por eso que todo lo que hagamos debe tener un centro que oriente y organice nuestra vida: ese centro únicamente puede y deber ser Dios. Cuando cortamos ese hilo fundamental, que es Dios, nuestra vida poco a poco empieza a carecer de sentido.

Uno de los errores de la educación impartida como por los padres de familia y los maestros es la obsesión por formar profesionales. A menudo se dice que “la mejor herencia que dejan los padres a los hijos es la educación”. En este caso la palabra educación se entiende como profesión.

Sin embargo, ser profesional no es sinónimo de educación, pues en nuestro medio hay muchos profesionales que son mal educados (es posible que usted conozca a muchos de ellos). Ser profesional tampoco es signo de éxito económico, pues en nuestro medio hay muchos profesionales que no encuentran trabajo, otros están laborando en áreas que no son de su competencia. Por otro lado, ser profesional tampoco es signo de plenitud en la vida, pues hay muchos profesionales que se drogan, se alcoholizan y se suicidan. Si esto es cierto, entonces, con justa razón podemos preguntarnos: ¿Dónde está la falla? ¿Para qué tanto esfuerzo por formar profesionales que van a terminar en la ruina humana?

Yo pienso que el error está en esa obsesión desmedida por formar profesionales sin un verdadero interés en formar personas. Lo verdaderamente importante no es que un individuo llegue a ser profesional. Lo más importante es que un sujeto llegue a ser persona plena y realizada en la vida.  Por eso se debe fomentar el interés en formar personas equilibradas y armoniosas. En esta noble tarea por formar personas, se inserta el cultivo de la vida intelectual a través de los estudios, pero también hay espacios para el cultivo de otros aspectos como es el tema de la fe.

La fe es importante en el crecimiento y en la vida de las personas, porque este elemento da consistencia y sentido a la vida humana. Voy a explicar esta idea con la siguiente metáfora:

Dicen que un día un hombre estaba visitando un museo donde se conservaban las pinturas más famosas que representaban las emociones humanas: la cólera, el miedo, la tristeza, la alegría, etc. El hombre sufría mucho para contemplar aquellas hermosas obras de arte porque el ambiente estaba en penumbra. De pronto alguien llegó al lugar y al presionar un interruptor prendió la luz y así el hombre pudo apreciar mejor la hermosura de cada pieza artística. Algo así sucede con la fe, cuando esta falta nuestro interior sufre demasiado porque no vemos con claridad el sentido de la cosas y de las situaciones, pero cuando tenemos fe sabemos que cada momento de nuestra existencia, sea triste o alegre, tiene un lugar específico en el paisaje de nuestra historia.

El pensador que más ha hablado del tema del sentido de la vida, es quizá Víctor Frankl (1905 – 1997), neurólogo y siquiatra austriaco, fundador de la logoterapia. Este hombre fue víctima del régimen nazi, pues desde 1942 hasta 1964 estuvo recluido en varios campos de concentración, incluidos Auschwitz y Dachau.

Inicialmente Víctor Frankl fue formado en la escuela sicoanalista, pero a partir de la experiencia de ser prisionero cambió de perspectiva. Lo que pasa es que dicho profesional, al estar en contacto directo con el sufrimiento suyo y de los demás, se sintió interpelado por la pregunta: ¿qué hacer para ayudarme y ayudar a los demás a superar el sufrimiento? Ante tales circunstancias no podía aplicar el sicoanálisis que dura, aproximadamente, uno a dos años de tratamiento. Él intuía que debía inventar una nueva técnica que le ayudase a afrontar el sufrimiento.

Ante tal situación él desarrolla el concepto del sentido y es ahí donde acuña una famosa frase de Nietzche, muy conocida, que dice: “El que tiene un por qué para vivir, soporta cualquier como”. Es decir que el que tiene una razón poderosa para vivir es capaz de soportar cualquier circunstancia.

De este modo descubre que su razón potente para vivir es su familia. Por eso, cada cierto momento se imaginaba tocando las manos de su esposa. Esta imaginación le daba fuerzas, valor, coraje y entusiasmo para seguir viviendo en el corazón de ese infierno. La técnica le daba resultados, pero cierto día le llega la noticia de que su esposa había muerto en otro campo de concentración. En un primer momento siente que su piso se hunde, pero luego se repone del choque emocional y descubre otro sentido para su vida: la ilusión de escribir libros para ayudar a la humanidad. Esta idea siempre la tuvo presente en su mente y de vez en cuando la acariciaba en su recuerdo. Fue ésta la que le mantuvo vivo hasta el final del calvario.

A partir de esta experiencia Víctor Frankl desarrolla su teoría de la logoterapia, donde dice que el hombre actual ya no sufre tanto de una neurosis mental, como en el tiempo Freud, sino más bien sufre de una neurosis neógena, es decir de una neurosis espiritual, que se expresa a través de un vacío o frustración existencial. Por eso, para curar este tipo de enfermedad es necesario ayudar a la gente a descubrir el sentido de su vida. Quizá podemos ayudar  a la gente a descubrir el gran sentido de la existencia, que es Dios, a través de los pequeños sentidos, como él mismo lo hizo en el campo de concentración.

Por: P. Walter Malca Rodas; “Compartiendo mi mejor tesoro”.