LA FE SALVA Y LIBERA

La fe está en estrecha relación con otro tema muy interesante y definitivo: la salvación. Por eso Jesús solía decir a la gente: “vete, tu fe te ha salvado” (Lc. 17,19; Mc. 10,52; etc). Pero, para ser explícito en la afirmación que acabo de realizar es necesario profundizar un poco en este concepto, pues mucha gente tiene ideas erróneas respecto a la salvación.

Generalmente, la religión y la teología entienden por salvación “el hecho de alcanzar la gloria eterna o cielo”. Sin embargo, esta definición es muy limitada porque solamente orienta la mirada al futuro escatológico olvidándose del momento presente. De este modo podemos caer en una trampa muy peligrosa y alienante: por el hecho de pensar en las promesas futuras de salvación, hipócritamente podemos ser cómplices de las injusticias esclavizantes en el mundo presente.

Permítanme explicar mejor esta idea con el siguiente ejemplo: si una persona avara le quita su tierra a un campesino, se le podría consolar al campesino diciéndole: “no te preocupes, la tierra no sirve para nada, es basura; piensa en la recompensa del cielo que Dios te tiene prometida”. Si a una persona que sufre este tipo de injusticia se le consuela de esta manera estaríamos incurriendo en una grave irresponsabilidad de ser cómplices del pecado. La fe auténtica no debe fomentar estas falsas promesas. La fe auténtica debe ser una fuerza que impulse a ese hombre a luchar por la justicia, que implica la búsqueda de la recuperación de su tierra y los hombres de fe debemos solidarizarnos con ese hermano nuestro que ha sufrido el atropello. Quien actúa así es un hombre o una mujer que tiene fe y con su lucha estará siendo sal y luz del mundo.

Ante tal compromiso que implica la fe, estoy seguro que alguien podrá objetar: “Pero, Padre, ¿cómo se atreve a decir esto? Si Jesús dijo: “no resistáis al mal; antes más bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la izquierda. Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda”. (Mt. 5,38-42). Entonces ¿cómo compaginar la enseñanza de Jesús con lo que usted acaba de decir?”

Es cierto que Jesús dio esta recomendación, pero no podemos entenderla en sentido literal. Recordemos que el texto en cuestión está en el contexto donde Jesús suprime la ley del talión, que exigía: “ojo por ojo, diente por diente”. Si queremos entender la Biblia correctamente, tenemos que abandonar el literalismo para interpretarla en toda su amplitud. Por eso, para entender bien estos textos es bueno recordar que en otra oportunidad el Señor también dijo: “Sean mansos como palomas y sagaces como serpientes” (Mt. 10,16). Por tanto, Jesús no invita a la estupidez, sino a la sabiduría. Parodiando el texto, que acabamos de mencionar, podríamos citar la frase popular que dice: “Jesús dijo Sean mansos y no mensos”.

Cuando Jesús invitó a poner la otra mejilla quiso decirnos que no alimentemos en nuestro corazón los sentimientos de odio, de revancha y el deseo de venganza, porque esos sentimientos nos hacen daño. Pero jamás invita a asumir una conducta pasiva y estúpida. De tal modo que si una persona quiere darme una bofetada y yo puedo evitarla retirándome o cogiendo esa mano, con todo el derecho del mundo puedo y debo hacerlo. Estoy en mi derecho. Y no por eso estaría faltando al evangelio. Si puedo prevenir el abuso contra mi u otra persona, debo hacerlo en virtud de mi fe, que exige respeto y consideración de la persona humana.

Por tanto, sin olvidar la salvación final nuestra fe exige actualizar la redención en el tiempo presente. Recordemos que el Señor nos invitó a construir el reino de Dios en este mundo. Y construir el reino de Dios en nuestro mundo implica la lucha por construir un mundo donde reine el amor, la justicia y la paz.

Y si queremos ser más radicales podríamos decir que en realidad lo único que importa es el presente, porque según la teología, Dios es un eterno presente. Por eso podemos decir que la salvación siempre se realiza en el aquí y en el ahora. Al respecto, san Pablo escribió: “Y como cooperadores suyos que somos, les exhorto a que no reciban en vano la gracia de Dios. Pues dice Él: “En tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé” ¡Mirad!, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de salvación” (2Cor. 6,1-2).

Por esta razón pienso que es importante que enfaticemos la dimensión soteriológica (salvífica) del presente. Dios nos salva en el aquí y en el ahora. Esto quiere decir Él va realizando su obra de redención en cada instante y en cada momento de la nuestra vida y de la historia. A mí me gusta pensar que las pequeñas salvaciones que se van logrando en el momento presente van configurando la gran salvación que tendrá lugar al final de los tiempos. Estas pequeñas salvaciones del hoy son como los pequeños sacramentos o arras de la gran salvación obrada por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo.

Esto implica entonces que nuestra fe nos va librando de un sinfín de ataduras: miedos, ansiedades, rencores, inseguridades, etc. Cuando uno no tiene fe, nuestro corazón se va llenando poco a poco de estos sentimientos mencionados. Pero cuando uno tiene fe, esos sentimientos se van esfumando, como las tinieblas cuando aparece la luz.

Por ejemplo, uno de los sentimientos que a menudo abunda en el corazón de la gente que no tiene fe es el miedo a la muerte. Pero cuando la fe nace en el corazón del hombre y éste, poco a poco, se va  compenetrando con el misterio de la muerte de Jesús, el miedo a la muerte se esfuma porque logra entender que en realidad la muerte no existe, dado que ella simplemente es un paso hacia el mundo de Dios, que es un mundo lleno de paz, amor y felicidad. En este sentido los creyentes nos vemos liberados del miedo a la muerte, pues sabemos que la resurrección de Cristo es la garantía de nuestra resurrección.  

Otro beneficio que obtenemos de la fe es que ella nos libera de la angustia que acarrean los problemas de la vida. Esto no quiere decir que el hombre de fe esté libre de problemas y contratiempos. Aunque hay gente que cree esto. Sin embargo, eso no es cierto. Tengamos o no tengamos fe, problemas siempre habrán, dado que ellos son parte de la vida. Jesús nunca dijo que al que cree en Él se le van a acabar los problemas y va a caminar por una senda asfaltada. No, eso jamás dijo el Señor. Al contrario, él dijo: “El que quiera seguirme que cargue con su cruz y que me siga”. Por tanto, cruces siempre van a haber en la vida; pero para la gente que no tiene fe las cruces serán pesadas, desesperantes y angustiosas; en cambio para los hombres de fe la cruces serán más llevaderas porque cuentan con una fuerza superior a la de ellos: la fuerza de Dios, que la obtienen gracias a su fe.

De este modo la fe nos va librando de un sinfín de opresiones, y esas pequeñas liberaciones van configurando la gran salvación del final de los tiempos.

“Compartiendo mi mejor tesoro”; P. Walter Malca Rodas; C. Ss. R.

 

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