LEVANTA EL VUELO

Dicen los estudiosos de la conducta que el miedo es una emoción auténticamente humana, porque nos beneficia previniéndonos o librándonos de los peligros. Esta emoción ha estado presente desde los orígenes de la humanidad. Pensemos, por ejemplo, en los hombres primitivos: cuando aparecía una fiera, el miedo les impelía a enfrentarse y luchar, o los impulsaba a huir.

El problema surge cuando el miedo nos paraliza y no nos deja avanzar. Este tipo de miedo abunda en la actualidad. Los hombres de hoy ya no tenemos que luchar con fieras reales, sino con monstruos imaginarios que sólo existen en la mente. Esos monstruos nos parecen demasiado grandes, de tal manera que nosotros no podemos hacer nada contra ellos. Y lo peor es que, muchas veces, cada persona se tiene miedo a sí misma. Me explicaré mejor:

En una ocasión fui a Honduras a dirigir un taller de pastoral vocacional para los promotores vocacionales de la Viceprovincia Redentorista de Centro América. Después del taller, me invitaron almorzar a Puerto Cortez, en el mar Caribe. En el restaurante, me llamó la atención la gran cantidad de bolsas con agua colgadas en el techo. Yo sabía que ese método sirve para ahuyentar a la moscas, pero lo que ignoraba era por qué las moscas huyen frente a una bolsa con agua.

Ahí me dieron la explicación: me dijeron que la mosca, cuando se acerca a la bolsa llena con agua, ve reflejada su imagen, pero esa imagen está distorsionada, pues se ve demasiado grande. Entonces, la mosca cree que está frente a un monstruo y es por eso que huye.

Esta explicación me dio luz para entender la conducta humana, dado que muchas veces, como las moscas, nos tenemos miedo a nosotros mismos: Tenemos miedo a nuestra imagen, a nuestra sombra, a nuestra propia grandeza, a nuestra dignidad, al éxito. Todo ello porque nos consideramos tan pequeños, tan chatos, tan inservibles, tan pecadores. Y son precisamente estos miedos los que nos paralizan, nos inutilizan y no nos dejan avanzar. Consideremos la siguiente historia:

Dicen que dos pajaritos, en un nido, esperaban ansiosos la llegada de su madre. Pasado un día, al no volver su progenitora, se convencieron que algo trágico había pasado y que jamás volvería. Pero como el hambre arreciaba tenían que tomar una decisión: quedarse en el nido y morir de hambre, o aprender a volar para proveerse por sí solos de alimento.

El primero dijo: “Yo no puedo levantar el vuelo, porque mis alas están muy débiles. Al intentar volar voy a caer al suelo, me voy a golpear, y serviré de pasto para los animales.” El segundo, que era más valiente, trató de darle ánimo, pero no lo convenció. Así es que decidió volar solo. Al inicio no fue fácil, pero después de unos cuántos intentos logró levantar el vuelo y así pudo disfrutar del deleite de la libertad y la autonomía. Gracias a Dios fue a parar a un lugar donde había abundante comida. Sació su hambre y decidió llevar algo más para su hermanito. Cuando regresó al nido se dio con la ingrata sorpresa de que su hermanito ya no estaba. Lo que pasa es que una serpiente voraz, sigilosamente, se había acercado al nido, y como aquél no podía volar se lo devoró sin clemencia.

¿Con cual pajarito te identificas, mi querido amigo(a)? Si te identificas con el segundo pajarito, ten la bondad de asumir tu miedo, respira profundo, toma valor y LEVANTA EL VUELO para ir en pos de la verdadera libertad. Que tengas éxito y seas muy feliz.

“Levanta el vuelo”, P. Walter Malca Rodas.