MARÍA, UNA MUJER LLENA DE VIRTUDES

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Una señora muy devota de la Virgen María me contó que cierto día un grupo de personas separadas de la Iglesia fueron a visitarla a su casa. Tocaron el timbre y ella, con suma amabilidad, salió y les abrió la puerta. Ellos le dijeron que estaban anunciando la palabra de Dios y que les gustaría mucho orar en su casa. La señora asintió a su pedido y les hizo pasar a su sala donde se encontraba un grupo de amigas que a menudo se reunían para orar. La imagen de la Virgen estaba presidiendo la reunión. Los hermanos separado ni bien se percataron de la escena en la se encontraban salieron como alma que se lo lleva el diablo y ni siquiera se despidieron de la señora.

Esta actitud de estos hermanos separados es frecuente, pues ellos no pueden tolerar la presencia de la Virgen, aunque ella sí los tolera, pues también es madre de ellos aunque no la acepten ni la quieran. Yo jamás he comprendido el desprecio que tales hermanos tienen de la Madre y más que desprecio en algunos casos parece que fuera odio, pues se refieren a ella con mucho resentimiento. Yo no entiendo cómo pueden odiar o despreciar a una madre tan buena; a la madre de Jesús, que ellos dicen amar.

Ellos dicen que el único mediador es Jesucristo. En eso tienen toda la razón y nosotros los católicos estamos de acuerdo. Pero es bueno comprender que Jesús no se puede entender sin la Virgen, y María tampoco se puede entender sin Jesús. Ambos se remiten mutuamente. Por eso es muy cierto ese slogan que dice: “A Jesús por María”.

María no está en pleito con su hijo y el Hijo tampoco está en pleito con su Madre. Ella quiere que amemos a su hijo y el Hijo quiere que amemos a su madre. Las cosas son así de simples. Es una cuestión lógica y razonable.

Hace un momento dije que Jesús no se puede entender sin María y María no se puede entender sin Jesús. Hago esta afirmación por las siguientes razones: Jesús no se puede entender sin María porque Él para venir a este mundo necesitó de una madre y esa madre fue la Virgen. Y María no se puede entender sin Jesús, porque ella sin el Hijo no tiene mayor relevancia. Toda la grandeza y gloria de María viene del hecho de ser la Madre de Dios. Por eso la queremos, por eso la veneramos.

De hecho María no es el personaje principal de los evangelios. El protagonista principal de la salvación es Jesús. Por eso ella es una mujer discreta y sabe ocupar su lugar. Por tal razón alguien ha dicho que “los evangelios no hablan mucho de María –lo cual es cierto-, pero dicen lo suficiente”. En los libros del Nuevo Testamento María aparece en los siguientes escasos momentos:

  • 1,-2: dudas de José, adoración de los magos, huída a Egipto.
  • 3,31-35: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”.
  • 6,3: “¿No es éste el Hijo de María?”.
  • 1-2: anunciación, magníficat, nacimiento de Jesús, presentación del niño en el templo.
  • 11,27-28: “Dichoso el vientre que te llevó”.
  • 2,1-3: Las bodas de Caná.
  • 19,25-27: María al pie de la cruz.
  • 1,14: primera comunidad cristiana.
  • 4,4: “nacido de una mujer”.

De estas pocas referencias podemos sacar grandes conclusiones que resaltan la grandeza de este personaje maravilloso, que Dios la eligió para ser su madre. Si él la eligió, ¿quiénes somos nosotros para criticarla? Quién se atreviera a hacer eso estaría criticando la voluntad de Dios. Y ¿quién es digno de criticar a Dios? Nadie, ¿verdad? Por eso nosotros debemos amar y venerar a María cumpliendo el deseo que ella misma expresó y se encuentra registrado en la Biblia: “desde ahora me llamarán bienaventurada” (Lc. 1,48).  Por eso nosotros los católicos la llamamos bienaventurada.

Extraído del libro COMPARTIENDO MI MEJOR TESORO (Malca, Rodas).

Por: Walter Malca Rodas; C. Ss. R.; www.padrewaltermalca.com

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