PALABRAS MÁGICAS

P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R En un programa muy sintonizado de una prestigiosa emisora, escuché el siguiente testimonio: “Desde hace mucho tiempo he consumido droga. Por culpa de este maldito vicio mi familia se estaba destruyendo día a día. Mi hijo mayor, que trabaja en el extranjero, vino  a visitarnos. Cuando estaba para partir me llamó en privado y me dijo: ‘Papá bien sabes que te quiero mucho, pero hay una cosa que me preocupa. Yo sé que estás consumiendo droga, con la que te estás dañando y también estás perjudicando a la familia. Tú tienes las fuerzas necesarias para salir de ese atolladero. Así que  prométeme  que abandonarás ese terrible vicio”.

Al sentir el amor  y la preocupación de mi hijo por mi bienestar, me sentí  profundamente conmovido y, desde aquella oportunidad, dejé de fumar. Esta promesa la he cumplido cabalmente desde hace ocho años, hasta  el día hoy.  Por eso, puedo afirmar que el amor de mi hijo me salvó, pues antes nadie se preocupaba por mí. Mi madre siempre estaba pendiente de mi padrastro, que era un alcohólico, y él a menudo me humillaba. En la vida nadie me dijo que me quería. He aquí que mi hijo pronunció las  palabras mágicas  que cambiaron mi vida.

Esta anécdota, en la literatura, tiene su equivalente en la siguiente leyenda: Cuentan que había una princesa encantadora que tenía como mascota un sapo que a menudo le pedía, encarecidamente, que le dé un beso. La princesa siempre le respondía con repulsa. Hasta que al final, al encontrase anciana y sin esperanzas de casarse, se dijo para sí: “Bueno, ya estoy vieja y no he encontrado al príncipe dorado, capaz de hacerme feliz. Así que ya no tengo nada que perder… Le daré un beso, al sapo”. Fue tan firme en su decisión que así lo hizo. Y ¡Oh! ¡Qué maravilla! Al sentir el sapo los labios dulces de la princesa se convirtió en un príncipe encantador, pues una bruja lo había hechizado y ese hechizo sólo se podía quitar con el beso de una princesa. Ella rejuveneció, se casaron y fueron muy felices.

En el mundo, muchas personas, igual que el señor de la anécdota o el sapo de la leyenda,  andan sumergidos  en la tristeza, la depresión, la droga, el alcohol porque no fueron amados en su vida. Esta gente, que parece batracios, no es mala en sí. Son príncipes encantadores  que con ansias esperan el beso o el abrazo de un ser que los ame, para que puedan levantarse de su postración. Ellos están esperando que un ángel bondadoso se acerque y pronuncie las palabras mágicas: “te quiero”, “eres excelente”, “levántate”, tú  vales mucho”, para que así su vida pueda tomar brillo.

Amigo lector, tú puedes ser ese ángel capaz de pronunciar esas palabras milagrosas. Así  que piensa a quién le vas a decir esas palabras mágicas, hoy. Toma el valor necesario, y decídete a hacerlo y verás cómo se torna luminosa la vida de los demás.

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