PENSAR CON SENTIDO CRÍTICO

P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R      

 “Una vida no refleja, no vale la pena ser vivida”, decía un famoso pensador. Esta frase que, por cierto, parece exagerada tiene una gran dosis de verdad. Hay mucha gente que vive en el limbo de la inconsciencia, dado, no saben lo que piensan ni piensan lo que hacen. Viven por fuerza de la inercia y aceptan o rechazan las opiniones, de acuerdo a sus prejuicios, sin ningún sentido crítico. Esta gente es muy peligrosa, pues personas como ellas asesinaron a Jesús (Lc. 23,34).

La cofradía de los inconscientes es muy numerosa. En ella están inscritos intelectuales e ignorantes, jóvenes y adultos. Un joven universitario me contó que, cierto día, su profesora llegó ofuscada al aula y dijo: “Un día fui a confesarme. El cura no me atendió porque estaba ocupado.  Pero ya no me importa, pues he leído el Código Da Vinci y ahora sé la verdad. Ya no creo en los curas, ni en Jesucristo”.

Las palabras de esta maestra catedrática constituyen un preclaro testimonio de una persona, supuestamente ilustrada, que no tiene ningún sentido crítico. Es tan ingenua que es capaz de creer literalmente lo escrito en esa obra, sin darse cuenta que tal libro no es ciencia, sino literatura, inspirada en una leyenda sobre Jesús del siglo IV, de las que pululaban en aquel tiempo, que no tiene ningún fundamento. Por tanto, tal obra debe ser leída desde la perspectiva literaria y no científica.

Si ella quiere creer en Jesús o no, es asunto suyo, está en todo su derecho. Nadie le va a arrogar su libertad. Pero siendo una catedrática debe tener razones muy poderosas para fundamentar su opinión y no creer un inverosímil e ingenuo cuento. Esta actitud es ridícula y no es propia de una persona intelectual.  Quien actúa de esta manera es como si creyera que el cuento de la Caperucita Roja, literalmente, fue cierto.

Bien sabe usted, amable lector, que éstos temas de debate no son materia de mis escritos, que tienen por objetivo contribuir al crecimiento humano. Por eso, abandonando el tema de la discusión quiero centrarme en la actitud de esa maestra, que ingenuamente asimila las ideas de una novela ficticia, sin un sentido crítico. Casos como éstos, en nuestra sociedad, son abundantes.

Pensemos, por ejemplo, en aquellos padres que dan órdenes a sus hijos: “Haz esto o haz aquello porque yo te lo mando”. Por esta razón, muchos jóvenes se rebelan contra sus progenitores dado que les mandan hacer cosas injustas o irracionales. Las cosas no se deben hacer porque alguien nos lo manda, sino porque así lo exige su misma naturaleza. Si usted le dice a su hijo: “Limpia la casa porque yo te lo mando”, es muy posible que en algún momento se le rebele; pero si le dice: “Limpia la casa porque una casa limpia es agradable y contribuye a nuestra felicidad”, las cosas cambian.

Un profesor justificaba las relaciones prematrimoniales con la idea de que “un órgano que no se utiliza se atrofia”. Gracias a Dios, en el aula, había un alumno inteligente que le respondió: “Profesor, lo que usted dice es cierto, pues veo que usted no usa bien su cerebro y ya se le está atrofiando. Los órganos sexuales no solo están hechos para el coito, sino que tienen otras funciones, como, por ejemplo, evacuar la orina o el semen en una polución nocturna.” La actitud valiente y decidida de este jovencito es muy laudable, al menos pensaba mejor que su maestro.

Por éstas y muchas otras muchas razones creo que una de las tareas pendientes de la educación es enseñar a pensar con sentido crítico. 

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