“TODOS LLEVAMOS HERIDAS POR DENTRO”

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REFLEXIÓN

A veces creemos que las heridas solo son físicas. Pero existen heridas que no se ven y que, sin embargo, marcan profundamente la vida de una persona. Palabras que dolieron, rechazos, abandonos, humillaciones, comparaciones, traiciones, silencios… experiencias que quizá ocurrieron hace muchos años, pero que todavía siguen viviendo dentro de nosotros.

Muchas personas aprenden a ocultar esas heridas. Sonríen, trabajan, cumplen sus responsabilidades, ayudan a otros, incluso participan en la Iglesia… pero en el fondo cargan dolores que nunca pudieron expresar. Hay quienes crecieron sintiendo que nunca eran suficientes. Otros aprendieron a desconfiar porque fueron lastimados. Algunos viven buscando aprobación porque en algún momento sintieron que no eran valiosos.

Con el tiempo, las heridas no sanadas terminan afectando la manera de pensar, de reaccionar, de amar y hasta de relacionarse con Dios. A veces reaccionamos con ira no por el presente, sino por dolores antiguos. Otras veces nos alejamos emocionalmente por miedo a volver a sufrir. Y lo más delicado es que uno puede acostumbrarse tanto a vivir herido que ya ni siquiera reconoce su dolor. Se vuelve normal vivir a la defensiva, sentirse vacío, desconfiar de todos o pensar constantemente que uno no vale.

Jesús nunca ignoró el sufrimiento interior de las personas. Él veía más allá de las apariencias. Miraba el corazón. Por eso muchas veces, antes de sanar físicamente a alguien, sanaba primero su interior: devolvía dignidad, esperanza, confianza y paz.

Reconocer que tenemos heridas no es signo de debilidad. Al contrario. Es el comienzo de la sanación. Porque aquello que se niega no puede ser sanado. Y muchas veces Dios empieza a actuar precisamente cuando dejamos de fingir que todo está bien.

Quizá hoy la pregunta no sea: “¿Tengo heridas?”. La verdadera pregunta podría ser: “¿Qué heridas sigo cargando en silencio?”.

 

PREGUNTAS

  • ¿Qué experiencias de mi vida siento que todavía me siguen doliendo?
  • ¿Hay heridas que nunca hablé con nadie?
  • ¿Cómo han influido esas heridas en mi manera de relacionarme con los demás?
  • ¿Qué actitudes o reacciones mías podrían estar naciendo de dolores antiguos?
  • ¿Qué siento al pensar que Dios conoce mis heridas más profundas?

 

ORACIÓN FINAL

Señor, tú conoces mi historia completa. Conoces mis alegrías, pero también mis heridas escondidas. Tú sabes los momentos en que me sentí solo, rechazado, incomprendido o herido. Y aun así, nunca dejaste de mirarme con amor.

Ayúdame a dejar de esconder mi dolor. Dame la valentía de reconocer aquello que necesito sanar. Sana poco a poco mi corazón, mis recuerdos, mis miedos y mis heridas más profundas. Que no viva atrapado en el pasado, sino abierto a la esperanza. Amén.