Julio Tecke es un líder nato. Lo conocí cuando era adolescente, y con el tiempo he podido ver su crecimiento personal y profesional. Hoy trabaja en una compañía donde ha obtenido importantes reconocimientos. Me alegra saber que, de alguna manera, pude aportar en su camino a través de la amistad, las charlas de liderazgo y los talleres de sanación interior “Semillas de Esperanza”. Este es su testimonio.
TESTIMONIO
Conocí al Padre Walter Malca hace muchos años, cuando un amigo me llevó a la radio Goel Radio, un proyecto de radio virtual que él tenía en Piura. Fue ahí también donde descubrí los talleres de sanación interior “Semillas de Esperanza”.
Recuerdo que esos espacios ayudaban mucho a las personas: sanaban heridas, restauraban familias y despertaban algo interior que muchas veces está dormido. Pero hubo una frase que marcó mi vida: “tú naciste para triunfar”.
Esa idea se me quedó grabada. Empecé a creerla y, poco a poco, comencé a buscar oportunidades y a trabajar en mí mismo.
Con el tiempo, el Padre se fue a otra ciudad y dejamos de vernos. Pero lo que había sembrado en mí siguió dando fruto. Empecé a obtener resultados en mi vida personal y profesional.
Años después sentí la necesidad de buscarlo nuevamente. Quería darle las gracias. Cuando lo encontré, le dije: “Padre, si usted ayudó a muchas personas, ahora juntos podemos seguir ayudando a otros”. Desde entonces, hemos mantenido el contacto.
Hoy trabajo en una empresa donde, gracias a Dios, he recibido varios reconocimientos. Pero más allá de eso, valoro profundamente lo que se sembró en mí desde aquellos años: la confianza, la motivación y la fe.
Vengo de un hogar sencillo, con dificultades, pero he aprendido que eso no define el final de la historia. Siempre se puede crecer, siempre se puede salir adelante.
También he seguido alimentándome espiritualmente, leyendo algunos de sus libros y permaneciendo cercano a Dios. Todo eso ha sido parte importante de mi proceso.
Hoy puedo decir que estoy agradecido. Porque hubo alguien que sembró una idea en mi vida, y esa idea me ayudó a cambiar mi manera de verme y de actuar.
LECCIONES
Las lecciones que podemos aprender de este testimonio son:
El poder de las palabras
A veces, una palabra oportuna puede marcar el rumbo de toda una vida. Una frase dicha en el momento adecuado puede quedarse en el corazón y convertirse en punto de partida para un cambio profundo. No siempre somos conscientes del impacto de nuestras palabras, pero Dios puede servirse de ellas para abrir caminos nuevos en la vida de otros.
Hay palabras que hieren y apagan, pero también hay palabras que dan vida, que despiertan alegría, entusiasmo y ganas de seguir adelante. Aprendamos a usar palabras que construyen y dan vida.
La importancia de creer en uno mismo
Cuando una persona aprende a creer en sí misma, empieza también a descubrir lo que Dios puede hacer en su historia. La fe en uno mismo no está en oposición a la fe en Dios. Al contrario, creemos en un Dios que también cree en nosotros, que confía en nuestra vida a pesar de nuestras limitaciones. Creer en uno mismo no es orgullo, sino reconocer los dones que Dios ha puesto en el corazón. Cuando alguien se mira con más esperanza, se abre también a la acción de Dios.
¿Para qué estamos en este mundo?
No hemos venido a este mundo a dar lástima, sino a crecer, a levantarnos y a dar fruto. Muchas veces las heridas o el pasado nos hacen pensar que no valemos o que no podemos avanzar. Pero necesitamos escuchar —y creer— que nuestra vida tiene un propósito, y que siempre es posible levantarse y comenzar de nuevo.
El valor de la gratitud
La gratitud es signo de madurez y también camino de sanación. Volver para dar gracias no es un gesto pequeño: es reconocer que no hemos llegado solos.
La gratitud ordena el corazón, sana la memoria y nos hace más conscientes de todo lo que hemos recibido.
Como nos recuerda el Evangelio: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” (Lc 17,17-18)
Como el samaritano que volvió para agradecer, también nosotros estamos llamados a reconocer la acción de Dios en nuestra vida.
Las semillas que no se pierden
Lo que se siembra con amor permanece y da fruto con el tiempo. La confianza, la motivación y la fe son semillas que no se pierden. Aunque pasen los años, siguen creciendo en silencio hasta dar resultados visibles. Por eso, nunca hay que subestimar el bien que se siembra en una persona.
