CUANDO DIOS TOCA LA PUERTA EN MEDIO DEL DOLOR

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Hay momentos en la vida en los que uno siente que todos están en su contra. Momentos en los que el corazón se endurece, la desconfianza crece y el amor parece apagarse. Así comenzó este testimonio.

Antes de la pandemia, nuestro hermano Iván Ugarte era una persona marcada por la desconfianza. Las heridas que había recibido lo llevaron a cerrarse, a pensar que todos buscaban hacerle daño. Poco a poco, ese dolor se transformó en distancia… y la distancia en resentimiento. Incluso llegó a odiar.

Pero la vida, a veces, tiene caminos inesperados.

Cuando enfermó gravemente de Covid, su situación fue crítica. Estaba al borde de la muerte. Y, paradójicamente, aquellas personas de las que desconfiaba… fueron las que aparecieron. Sin que él las llamara, sin que él las buscara, estuvieron allí. Lo ayudaron, lo sostuvieron, incluso hicieron posible que consiguiera una cama en el hospital en medio de la desesperación.

En ese hospital vivió una experiencia límite. La muerte lo rodeaba: pacientes que estaban a su lado iban partiendo uno tras otro. Cada día era una incertidumbre. Cada noche, una espera angustiante. Él mismo lo describe con crudeza: como si estuviera en un “juego” donde en cualquier momento podía tocarle su turno.

Y entonces, en medio de ese escenario oscuro, Dios empezó a hacerse presente.

Una noche, en un momento profundamente significativo, un grupo de psicólogas se acercó a los pacientes. No llevaron solo palabras profesionales, llevaron algo más: humanidad, fe, consuelo. Rezaron juntos el Padre Nuestro y el Ave María. Al finalizar, les regalaron un rosario.

Fue ahí donde algo se quebró… o mejor dicho, donde algo se abrió. Iván rompió en llanto. Un llanto profundo, de esos que nacen del alma. Y en medio de ese llanto, experimentó algo que no se puede explicar fácilmente: sintió la mano de Jesús sobre su cabeza. No fue una idea. No fue una emoción pasajera. Fue una presencia. Y con ella, una paz indescriptible.

Ese día, su vida cambió. A partir de ese momento, comenzó una recuperación no solo física, sino también interior. Días después, recibió el alta médica y pudo volver a casa con su familia, que también había atravesado la enfermedad.

Pero el verdadero milagro ya había ocurrido dentro de él. El hombre desconfiado se volvió cercano. El corazón endurecido aprendió a comprender. El que vivía resentido empezó a perdonar. Descubrió la empatía, recuperó la capacidad de amar y dejó atrás el odio.

Hoy, su oración es sencilla pero profunda: pedirle a Dios fuerzas para ver felices a sus hijas. Y desde su experiencia, nos deja una certeza: Dios está con nosotros, tocando a nuestra puerta… pero muchas veces no lo escuchamos.

 

REFLEXIÓN

Amable lector, este testimonio nos confronta con una verdad incómoda pero profundamente liberadora: a veces no es que Dios esté ausente, sino que nuestro corazón está cerrado.

Iván no encontró a Dios en un templo ni en un momento de tranquilidad. Lo encontró en una cama de hospital, rodeado de dolor, miedo e incertidumbre. Y es que Dios tiene una manera muy particular de entrar en nuestra vida: no siempre evita las tormentas, pero sí se hace presente en medio de ellas.

Hay algo más que no podemos pasar por alto: aquellas personas a quienes él consideraba enemigos… fueron instrumento de Dios. Esto rompe nuestros esquemas, porque Dios no actúa solo como nosotros esperamos, ni a través de quienes nosotros elegiríamos.

La Palabra de Dios ilumina profundamente esta experiencia cuando dice:
“Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3,20).

Dios no irrumpe, no fuerza, no derriba la puerta. Dios toca. Insiste con amor. Espera. Pero somos nosotros quienes decidimos si abrimos o no.

Por eso, cuando la vida nos pone ante situaciones límite, quizás la pregunta no sea: “¿Dónde está Dios?”, sino: “¿Por dónde está tocando Dios a la puerta de mi vida… y no lo estoy reconociendo?”

Tal vez hoy Dios te está buscando en una enfermedad, en una persona inesperada, en una palabra sencilla, en un gesto pequeño… o incluso en una crisis.

No cierres la puerta. Porque, a veces, detrás del dolor… está Dios esperando entrar.