TESTIMONIO
Soy José Horna, de Jaén. No conozco personalmente al Padre Walter, pero llegó a mi vida en un momento en que más lo necesitaba.
Durante un tiempo sufrí de insomnio. Me despertaba todas las madrugadas, alrededor de la una o dos de la mañana, y ya no podía volver a dormir. Eran noches largas, llenas de pensamientos y preocupaciones.
En esas horas, mi única compañía era la radio. Escuchaba Radio Programas del Perú, especialmente un programa llamado De la noche a la mañana. Fue ahí donde escuché una entrevista al Padre Walter sobre su libro “El mejor psicólogo es uno mismo”. Me llamó mucho la atención porque todo lo que decía parecía describir lo que yo estaba viviendo.
Decidí buscar el libro. Cuando lo leí, sentí que me ayudaba a entender lo que me estaba pasando y a enfrentar mejor mis pensamientos. No fue algo inmediato, pero poco a poco fui encontrando más calma. Empecé a releerlo varias veces, y cada vez encontraba algo nuevo que me ayudaba.
Con el tiempo, mi situación fue mejorando. Hoy ya no tengo ese insomnio como antes. Me siento más tranquilo y con más ánimo. Incluso he compartido el libro con otras personas que también lo necesitaban.
Aunque no lo conozco personalmente, agradezco a Dios por haberme permitido encontrar ese mensaje en el momento justo. Ha sido una ayuda importante en mi vida, no solo en lo psicológico, sino también para acercarme más a Dios.
REFLEXIÓN
El insomnio, como muchas otras luchas, no siempre está fuera, sino dentro: en los pensamientos que no descansan. Cuando aprendemos a mirar lo que pasa en nuestra mente, empezamos también a encontrar caminos de salida. Santa teresa decía que “hay que tener cuidado con la loca de la casa”, referida a la mente.
Dios no siempre habla de manera extraordinaria; muchas veces lo hace a través de mediaciones sencillas: una radio encendida en la madrugada, una palabra oportuna, un libro que llega en el momento justo. Hay que aprender a reconocer esos caminos discretos por donde Él se acerca.
También es importante comprender que los procesos toman tiempo. La sanación no suele ser inmediata, sino que se va dando paso a paso, con paciencia y constancia. Poco a poco, lo que parecía imposible empieza a cambiar.
Y cuando uno experimenta esa mejora, descubre que no hay noche que dure para siempre. La calma vuelve, la mente se ordena y el corazón recupera la esperanza.
Finalmente, lo recibido no se queda solo en uno. Quien ha sido ayudado también puede convertirse en instrumento para otros. Y en todo, queda una certeza: la gratitud a Dios no solo reconoce lo vivido, sino que también sana y fortalece el corazón.
