DUELO Y SERVICIO

Por: P. Walter Malca Rodas; C.Ss.R.

Una de las experiencias más eficaces que ayuda a superar los duelos es el servicio. Esa es la enseñanza que nos da Jesús, en el evangelio de Mateo 14,13-22. El evangelista lo narra así: “Jesús, al enterarse de lo sucedido, se retiró de ahí en una barca a un lugar tranquilo para estar a solas. La gente se dio cuenta y lo siguió a pie desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó y vio aquel gran gentío, sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que traían”. Por la tarde alimenta a esa multitud haciendo la multiplicación de los panes. Analicemos.

Jesús se retira a un lugar silencioso.
El evangelio dice que Jesús, al enterase de la muerte de Juan, se fue a un lugar silencioso. La decisión de Jesús era comprensible, pues la muerte del profeta había sido un golpe duro para Él, dado que Juan era un pariente cercano. Recordemos que María, la Madre del Señor, al enterarse de que su prima Santa Isabel estaba en estado fue presurosa para ayudarla (Lc. 1,39-56). Lo cual nos hace suponer que había una cercanía entre estas familias. Es posible que en varias oportunidades se visitaran. Entonces Jesús y Juan se conocieron desde pequeños. Quizá, en algunas oportunidades, jugaron juntos cuando eran niños y de jóvenes compartieron los mismos ideales. Por tanto, los unía lazos de sangre y, también, la cercanía afectiva.
La muerte de Juan fue terriblemente dramática, pues Herodes, por instigación de Herodías, su mujer, lo mandó arrancar la cabeza (Mt. 14.1-12). ¿Cuánto le afecto esta noticia en el ánimo a Jesús? La noticia fue tremendamente dolorosa. A todos nos duele la muerte de nuestros seres queridos, pero si sabemos que su muerte fue dramática, como es el caso de un asesinato, el dolor es mucho mayor. Esa fue la experiencia de Jesús. Por eso tiene que retirarse a un lugar silencioso para reponerse del dolor.
Pero la gente no le da tregua, se adelanta y llega primero. Jesús, al llegar a aquel lugar lo encuentra abarrotado de gente y el Señor, en vez marchase, desembarca y se pone a servirles sanando a sus enfermos y alimentándoles. Aquí hay una gran lección: el servicio hacia los demás es la clave para nuestro bienestar espiritual, incluso para sanar nuestros duelo.

Servicio desinteresado
Si bien el servicio es terapéutico y sanador, pero para ello el servicio tiene que ser desinteresado, como lo hizo el Señor. Reflexionemos en la siguiente historia, tomada del libro “Cuentos para elaborar el duelo”, del Padre Mateo Bautista, religioso Camilo:
“La asistente social del hospital se encuentra en su despacho.
– ¿Se puede?
Quien llama a la puerta es una mujer en duelo.
-Buenos días señora. Pase, por favor, ¿En qué puedo servirla?
-Buenos días. Gracias. Vengo a ofrecerme como voluntaria, ¿si es posible? Me gustaría hacer algo por algún necesitado.
– ¿Cuál es su nombre, señora?
-Me llamo Isabel.
La asistente social muestra interés por recabar de la visitante otras informaciones.
-Y dígame, señora, ¿Por qué desea ser voluntaria? ¿Cuál es su motivación?
-Yo estoy en un grupo de autoayuda en duelo. Perdí a mi hija de 7 años. Allí se aconseja que es muy útil hacer algo por los otros.
– ¡Ah, qué bien! -se limita a expresar la asistente social.
-Yo desearía ser voluntaria en este hospital.
-Me parece estupendo. Yo le ofrezco poder servir en el pabellón geriátrico. ¡Allí los ancianos están solos, tan necesitados! Muchos ya han perdido la cabeza y no tienen a nadie.
Isabel se queda como dubitativa.
-Mire, señorita. Si no es molestia, yo preferiría ir al pabellón de niños.
-No, no, ahí ya hay mucha gente. Sobran. Donde realmente se necesita es con los ancianos.
-Es que yo no me veo para eso.
-Usted va a ser acompañada, capacitada, introducida. No se preocupe, señora. Todo se puede cuando se quiere ayudar al prójimo – afirma la asistente social.
– ¿Y con los niñitos? – insiste Isabel
-No, señora. Con los ancianos –recalca la asistente social
Isabel guarda silencio y al final se anima a mostrar firmemente su desacuerdo.
-Disculpe, señora. Lo voy a pensar con calma.
-Por supuesto, señora. Esto es libre. Pero, ¿puedo hacerle una pregunta?
-Por favor, ¡cómo no!
-En ese grupo al que usted va. ¿Es de autoayuda o de mutua ayuda?
Y antes de que Isabel responda, la asistente social continúa.
-¿Ahí comparten la herida o el poder de sanación?
Isabel se siente confundida.
-Y dígame, señora, ¿usted quiere hacer este servicio porque alguien lo necesita o en homenaje a su niñita muerta?
Isabel se entristece.
– ¿Y usted no cree que se debe servir a la gente por ella misma? -insiste la asistente social.
Isabel empieza a llorar.
-Señora, nunca se sana una herida tapándola, ni siquiera con una buena acción y menos utilizando a la gente.
Isabel cierra los ojos…”

El autor de esta historia concluye con la siguiente moraleja: “Sólo aliviar: no es ayudar. Confrontar para sanar: si es ayudar”.

Oración y duelo
Finalmente, es bueno anotar que después de la multiplicación de los panes, el Señor, les dice a sus discípulos que se suban a la barca y avancen, mientras él despide a la gente. Después sube a la montaña para orar. El evangelista no describe la oración de Jesús, pero es más que seguro que en aquella noche el Señor se desahogó con su Padre el dolor que sentía por la muerte tan dramática de Juan. Aquí hay una gran enseñanza: Para sanar nuestros duelos también es necesario vaciar nuestro corazón en el corazón del Padre para que Él lo sane con su amor.

Oración para superar el duelo
Señor Jesús: Tú que también experimentaste la muerte de tus seres queridos acudo a ti para que calmes y sanes el dolor que tengo por la muerte de quien Tú sabes a quien tanto yo amaba. Tan grande es dolor que siento, tan profunda es la tristeza y tan extensa la soledad que experimento. Yo sé que tú eres la Resurrección y la Vida, pero soy humano, Señor y me duele su ausencia. Quiero sentir su abrazo, quiero escuchar su voz, quiero sentir su calor, quiero sentir su cariño, quiero sentir su amor. Abrázame Tú, Señor, y sana con tu abrazo mi dolor, mi angustia y soledad. Amén.