EL DIALOGO TERAPEUTICO

EL DIALOGO TERAPÉUTICO

P.Walter Malca Rodas; C.Ss.R.

El silencio es bueno, porque puede ayudarnos a profundizar en nuestro interior y, por tanto a crecer espiritualmente. Pero también es cierto que hay silencios que nos hacen daño, como, por ejemplo, el silencio de un abuso, de alguna herida emocional que se esconde en lo más recóndito de los pliegues del alma.

Para sanar, es necesario hablar.

Las heridas emocionales y espirituales se lavan, sanan y cicatrizan con la palabra. Para ello es necesario verbalizar aquello que llevamos dentro, porque cuando compartimos a través de la palabra hay una descarga emocional que nos hacer sentir bien y alivia nuestro pesar. Además puede permitirnos reinterpretar los hechos.

Jesús lo sabía. Él conocía el efecto terapéutico que tiene la palabra hablada. Por eso sanaba a los sordo-mudos. Cuando a estos les daba el poder de hablar les daba el poder de comunicar aquello que les dolía en lo profundo de su alma y eso les sanaba. Dicen que el lobo es un animal muy astuto, porque cuando atrapa a una oveja le muerde el cuello, de tal manera que le priva balar y así el pastor no puede acudir en su ayuda. Es esto lo que hace el enemigo: nos toma del cuello y no nos deja hablar. Por eso hay gente que dice “tengo un nudo en la garganta”. El enemigo sabe que cuando empezamos a hablar, empieza el proceso de nuestra liberación. Por eso no nos deja hablar. A diferencia de él, el Señor Jesús abre las compuertas de la comunicación.

La Escucha Terapéutica

Ahora bien, si para sanar nuestras heridas emocionales y espirituales es necesario hablar, también es bueno dejar por sentado que para ello es necesario contar con alguien que nos escuche. Muchas veces es difícil encontrar una persona con capacidad de escucha, dado que no nos enseñaron a escuchar. La escucha es una tarea pendiente que tenemos que aprender, porque desde pequeños, muchas veces, no fuimos escuchados.

Cuando éramos niños nos dijeron “Los niños se callan cuando los adultos hablan”. De este modo nos hicieron callar y no dejaron que nos expresáramos, porque no nos escucharon. Por una parte, no nos dejaron hablar; pero por otra parte, no nos enseñaron a escuchar. Por eso podemos decir, sin temor a equivocarnos, como ya dije, que la escucha es una tarea pendiente que tenemos los adultos.

Es necesario comprender que la escucha es un acto de amor, pues así lo dijo Jesús cuando el fariseo le pregunto: “cuál es el mandamiento mas importante?” Jesús le contesto: El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mc. 12,28-31). Si ponemos atención nos daremos cuenta que, según Jesús, el amor empieza con la escucha. Por esta razón es muy importante aprender a escuchar, dado que la escucha es una herramienta terapéutica, con capacidad para sanar.

Un cuento para meditar

¿Qué el contar nuestras cosas a alguien que nos escucha y comprende sana? ¡Claro que sí! Esta verdad queda ilustrada en el siguiente cuento titulado “Yvar”, tomado del libro “Cuentos para elaborar el duelo” del P. Mateo Bautista, el cual dice así:

Había una vez un hombre de Islandia que llego a ser poeta y cantor famoso en la corte noruega. El rey lo estimaba mucho y lo colmaba de atenciones. El hermano de Ivar, Thorfin, vivía también en la corte del rey, pero estaba celoso y envidiaba a su hermano, a causa de los privilegios que éste recibía.

Su descontento provenía también de que sus cualidades, según él, no eran valoradas. Cierto día decidió retornar a Islandia. Antes de que partiera, Yvar le entrego un mensaje para una joven doncella, Audney, en el que le pedía encarecidamente que no se casara con nadie porque, en la próxima primavera, él mismo regresaría a Islandia para desposarse con ella.

Thorfin partió. Llegado a Islandia, conoció a Audney, entabló con ella una relación amorosa y muy pronto se casaron.

Al comienzo de la primavera, Ivar zarpó rumbo a su tierra natal. Cuando supo que su hermano se había desposado con Audney, se sintió profundamente herido y amargado, por lo que regresó, desconsolado, a la corte noruega.

Todos se dieron cuenta del cambio de su carácter, Ivar ya no cantaba.

Un día, el monarca lo llamo para saber de su boca lo que había ocurrido, pero Ivar mantuvo reserva.

-Dime: ¿alguno de la corte te ha ofendido? – preguntó el soberano sin rodeos.

-No, majestad- contestó Ivar

El rey se quedó pensativo unos momentos. Luego añadió:
-¿Hay por ventura alguna cosa de mi reino que te apetecía tener?

Una vez más, Ivar contestó negativamente.

Por fin, el monarca, imaginando que se trataba de algo más íntimo, le dijo en voz baja y suave:

– ¿Es que tal vez amas a alguien, a alguna doncella de tu tierra, quizá?

Ivar permaneció en un emocionado silencio. El rey entendió que había puesto el dedo en la llaga.

-No te preocupes-lo tranquilizó-. Tu sabes que soy el mandatario más poderoso de esta región y que nadie osara oponerse a mis deseos. Partirás en la primera nave que zarpe rumbo a Islandia y llevaras una carta que entregaras a los padres de la doncella. En ella les pediré que te den por esposa a su hija.

Pero Ivar movió la cabeza, oponiéndose.

-Esto es imposible, mi señor, porque ya está casada.

Se produjo un meditativo silencio. Luego, el rey continuó:

-En ese caso, Yvar, es preciso pensar en otra cosa, La próxima vez que yo vaya a visitar las aldeas, las ciudades y los castillos de la región, vendrás conmigo. A lo largo del viaje verás muchas doncellas bellísimas y, con toda seguridad, una de ellas satisfará los deseos de tú corazón.

A lo que Ivar replicó:

-No, alteza, porque siempre que veo a una joven hermosa pienso en Audney, y mi tristeza se hace mayor.

El monarca prosiguió:

-Entonces, Ivar, te daré muchas tierras y abundante ganado, gastaras tus energías en los negocios y en el trabajo, y pronto te olvidaras de ese amor.

Y respondió Ivar con determinación;

-No, mi señor, no tengo ni el más mínimo deseo de trabajar. No tengo fuerzas para ello.

El soberano propuso:

-Entonces, te daré una enorme suma de dinero para que puedas viajar y visitar todas las partes del mundo. Lo que vas a ver y las experiencias que vas a tener te ayudarán a borrar de tu recuerdo a la doncella de Islandia.

Ivar, una vez más, rehusó la oferta.

-Gracias, alteza, pero no tengo el más mínimo deseo de viajar.

El rey quedo contrariado por no poder hacer nada para disipar la tristeza de Ivar. Meditó largamente su proceder con Ivar y dedujo:

-Querer sacar el sufrimiento a la gente sin elaborarlo es querer mal a la gente.

Entonces, decidió ofrecerle una última sugerencia.

-Ivar, hay todavía una pequeña cosa que puedo hacer por ti, por si te puede servir de algo. Por las noches, después de cenar, quiero que tú vengas a hablar conmigo y me cuentes tu amor por esa doncella. Tomate el tiempo que quieras. Yo estaré aquí para escucharte.

Yvar acogió con gratitud la sugerencia, valorándola más por venir de un amigo que de un rey. Todas las noches, después de la cena, contaba la historia de su amor, y lo hizo durante días y semanas.

El rey, a pesar de sus muchas ocupaciones de Estado, lo escuchaba pacientemente, consciente de que la herida tierna: escucha tierna. Poco a poco, el sufrimiento de Ivar, comunicado con lágrimas, se iba expresando con palabras.

El rey escuchaba y confrontaba, porque el sufrimiento se ha de entregar no para ser desparramado sino iluminado. En la herida madura: confrontación empática madura.

Ivar preguntaba por el sentido del sufrimiento de su pasado. El rey le preguntaba por el sentido de su futuro.

Ivar, poco a poco, se fue dando cuenta de que había contado y recontado toda la historia de su amor y de que al mismo tiempo que era confrontado, sanaba e iba sintiendo renacer dentro de si la alegría y las ganas de cantar.

Tras la elaboración del duelo, volvió a ser el poeta y el cantor que todos conocían, pero con más unción y mucho más sentimiento. Al cabo del tiempo, encontró a una joven noruega de la que se enamoró y con la que se unió en matrimonio.

El padre Mateo Bautista aporta la siguiente moraleja: “Amar a alguien más, no es sufrir por él más, sino ayudarlo más”. Finalmente concluye con la siguiente reflexión: “El arte de sanar no es olvidar, dejar de pensar o ignorar la herida, sino hacer una cirugía interior para cicatrizarla. Hay que desahogarse en el duelo para no ahogarse en el sufrimiento. En el sano desahogarse, el sufrimiento cambia de cara.”

Un caso paradigmático en la Biblia

El beneficio terapéutico del diálogo, se encuentra registrado en la Biblia, en el episodio de los discípulos de Emaús, narrado por el evangelista san Lucas (Lc. 24,13-35). Analicemos:

Los discípulos estaban profundamente heridos por la muerte dramática de su maestro. Con el pesar de esta herida sangrante, iban caminando rumbo a su pueblo. Entonces el Señor se acercó y se puso a caminar con ellos. Al acercarse les preguntó: ¿De qué vienen conversando por el camino? Ellos, dice el evangelio, se detuvieron entristecidos y le preguntaron: “¿Es el único forastero en Jerusalén que no sabe que ha pasado ahí estos días? El Señor les pregunta: “¿Qué ha pasado?”. Ellos responden: “Lo de Jesús de Nazareth, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo le pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestra autoridades lo entregaron para que lo condenarán a muerte, y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que fuera el liberador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto”.

Si ponemos atención a esta conversación, nos damos cuenta, que es un dialogo terapéutico, dado que el Señor les hace preguntas clave para que ellos expresen ese dolor que tenían en lo hondo de su corazón. Cuando ellos se animan a hablar, el Señor les escucha con cariño y atención. De este modo el Señor, como excelente terapeuta, permite a sus discípulos sacar su dolor.

Conclusión:

De lo expuesto podemos concluir: Que el compartir nuestras cosas con alguien que nos escucha con paciencia y amor, puede sanar las heridas de nuestra alma y de nuestro corazón.