EL MILAGRO DE LA GENEROSIDAD

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Al episodio de la multiplicación de los panes (Mt. 13,14-21) yo le llamo el milagro de la generosidad, porque gracias a la generosidad de los discípulos el Señor pudo hacer dicho milagro. Recordemos que una de las tentaciones que tuvo Jesús fue convertir las piedras en pan (Mt. 4,3). El Señor no convirtió las piedras en pan, pero sí multiplicó los cinco panes y los dos peces.

Cuando el Señor les pide a los discípulos que den de comer a la gente, con escepticismo, dicen que tiene cinco panes y dos peces. En este gesto de presentar sus cinco panes y sus dos peces se observa una gran generosidad, porque ellos tenían otra posibilidad: esconder los panes y los peces para comerlos cuando estén solos. Ellos sabían que el Señor era dadivoso y si presentaban sus panes y sus peces corrían el peligro de que el Señor los de a la gente y ellos se queden con hambre. Sin embargo, corriendo este riesgo, presentaron sus cinco panes y sus dos peces que era muy poco, pero suficiente para que el Señor haga el milagro.

Con este gesto generoso los discípulos expresaron su confianza plena en el Señor. Es que la fe debe llevarnos a ser generosos. Es decir que la fe debe impulsarnos a compartir con los demás, convencidos que si confiamos plenamente en Dios, que es providente, no nos va a faltar nada. A lo mejor tendremos justo lo necesario, ni más ni menos, pero lo tendremos. Es la fe del salmista que dice: “El Señor es mi pastor nada me faltará” (Sal. 23,1).  También es la fe de la viuda generosa que echó sus dos moneditas en el cepillo del templo, que era todo lo que tenía para vivir (Mc. 12,41-44). Ella, al echar sus dos únicas monedas, expresó su confianza plena en la bondad y la providencia de Dios.

El gesto de los apóstoles y de la vida debe impulsarnos a nosotros a ser generosos, es decir a dar lo que podemos dar, aunque sea poco. Lo importante es que demos y el Señor hará todo lo demás.

Señor: ayúdanos a ser generosos, a dar lo que podemos dar, confiados que Tú jamás nos defraudas.